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Imagine usted por un momento que vive en una urbanización cerrada, absolutamente aislada del resto del mundo, donde no existe nada más allá de sus paredes más remotas, y quienes viven en ese espacio son los únicos habitantes que quedan sobre la Tierra. En ese espacio usted se encuentra acompañado de un número determinado de vecinos, digamos que son quinientos, algunos con familia, otros solos, algunos con hijos, y otros solamente en pareja, pero todos con un talento diferente. Ahora bien, en ese contexto, ¿puede usted definir todo lo que habría que organizar para poder vivir en relativa calma y orden? Por ejemplo: alguien que dirima en caso de conflictos entre vecinos, alguien que cuide el suministro de agua a las casas, alguien que atienda emergencias médicas, alguien que vigile que nadie tome nada ajeno, alguien que cuide de los espacios comunales, y un largo etcétera de temas.

Usted es una persona preocupada porque las cosas funcionen, y propone a varios de sus vecinos que formen una especie de administración de la urbanización, esto con el fin de atender todos los asuntos que derivan de la convivencia en ese espacio. Una vez que han conformado esa organización administrativa y que todos están de acuerdo en que se debe cubrir todos los temas, usted se da cuenta que falta algo muy importante: dinero o recursos para solventar los asuntos de la urbanización. Es ahí cuando reúne a los vecinos y les indica que es necesario que todos entreguen algo de lo que tienen: joyas, dinero, bienes, trabajo, entre otras cosas, con el fin de sostener esa organización que les permitirá vivir ordenadamente en ese espacio.

Aparentemente todo va bien por un tiempo, hasta que algunos vecinos deciden dejar de entregar aquello que debían, otros en cambio creen que están “pagando” demasiado, y en algunas partes de la urbanización han “desaparecido” algunas cosas ajenas, por lo que se hace necesario buscar y castigar a quienes se apropiaron de lo ajeno, o citar a quienes no quieren pagar lo acordado. Todo aquello debe solucionarse en un marco de decisiones “justas” e “iguales” para todos, mientras la administración sigue atendiendo aquellos temas que los demás le han confiado (o que no quieren hacer), a fin de vivir en relativo orden en la urbanización.

Esta historia que parece un mal cuento de ciencia ficción, es una forma simple de comprender el sentido de una frase que se le atribuye al jurista norteamericano Oliver Wendell Holmes: los impuestos son el precio que pagamos por vivir en una sociedad civilizada. Y ese precio al que nos vemos sometidos todos en alguna etapa de nuestras vidas, es algo tan cotidiano y necesario que en ocasiones lo hacemos de forma casi inconsciente, y sin conocer realmente todo lo que existe detrás de ello.

La obligación y la necesidad de contribuir es un tema que enmarca muchos aspectos por demás interesantes, pero que en algunas ocasiones se vuelven vitales para la marcha normal de una empresa, de un negocio, e incluso en proyectos de la esfera personal: si empiezo esta empresa ¿cuánto deberé pagar de impuestos?, si pago mal estos impuestos ¿cómo puedo recuperarlos?, si vendo mi auto ¿cuáles son los impuestos que debo pagar?, si no pago mis impuestos ¿qué me puede pasar?

Tener conocimiento y control de los aspectos tributarios, ciertamente es un elemento de ventaja en el desarrollo de cualquier organización o proyecto, pues será una variable que tendremos en cuenta desde un inicio, y no cuando ya estemos avocados en inconvenientes por aspectos no contemplados. Además, el ámbito tributario es uno de los más cambiantes, y ello nos obliga a estar en constante estudio de las reformas que se realizan en cuanto a los principios y elementos que rigen el tributo.

Estudiar, discutir y entender el funcionamiento de la Administración Tributaria, los elementos en la determinación y declaración de los impuestos, los principios constitucionales y legales que rigen la tributación, nos permitirá convertirnos en contribuyentes informados y conscientes de los derechos que mantenemos, así como de las ventajas legales que podríamos obtener al momento de sufragar ese precio de vivir en una sociedad civilizada.

Al final, como decía Benjamín Franklin, en este mundo sólo hay dos cosas seguras: la muerte y pagar impuestos.

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