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Acabamos de demostrar como sociedad occidental que estamos condenados a la extinción y aparentemente, lo merecemos.

Resulta inconcebible que ante la emergencia global causada por el Covid-19 que atenta contra la salud propia y de seres queridos, sea más importante para muchos, romper los cuidados básicos exponiendo a un sin número de personas a cambio de momentos de socialización o diversión.

Sesgos cognitivos y bloqueos perceptuales similares los vemos en el día a día al no querer ver y reconocer advertencias y amenazas, por más que estemos conscientes de la afectación de diferentes acciones, desde el ignorar advertencias como “fumar mata” hasta disminuir velocidad en curvas peligrosas, simplemente decidimos ignorar realidades, inhibiendo o ignorando las alertas racionales de las consecuencias de nuestras decisiones totalmente voluntarias.

Una de las causas que evidencian la falta de empatía, conexión y solidaridad es el nivel y enfoque de educación que hemos recibido como personas, en donde prima el egocentrismo antes que el bien común, dejando clara una cuenta pendiente de parte de la formación que debería cambiar fruto de esta emergencia.

Declaraciones irracionales como: «¡qué exagerado!», «no es para tanto», “a nosotros no nos afectaría tanto”, «los otros sí se están cuidando (creo)», “no podemos quedarnos encerrados para siempre”, carecen de racionalidad y lógica cuando al estar culminando el año 2020 contamos con soluciones dentro de un horizonte de meses para tratamiento, vacunas y la potencial erradicación del virus.

Quienes no pueden quedarse en sus casas debido a dinámicas laborales que exigen su presencia física, se cuidan, trabajan con protección y evitan contacto con otras personas, mientras otros continúan ampliando sus “círculos”, convirtiéndolos en “galaxias” de contactos bajo la premisa de fe sin fundamento que plantea que “todos se están cuidando”, cuando cuidarse es justamente no estar en contacto con otras personas innecesarias y menos sin protecciones y distanciamiento.

Como seres humanos indisciplinados, egocéntricos y carentes de empatía ponemos en riesgo a hijos, hermanos, padres, abuelos, amigos y personas de todo tipo tan solo para activar nuestro instinto de socialización animal descuidada, haciendo que sea más importante tomar un café, asistir a una clase o salir a divertirse, que disfrutar a nuestra familia sana durante años.

La realidad es una ilusión que se crea desde nuestra percepción de la realidad y en muchos casos, ésta percepción se construye desde información incompleta y falsos argumentos que después de repetirlos muchas veces, se convierten en verdades para quien las acepta.

La evidencia de personas que ante su falta de empatía irrespetan simples distanciamientos y ante el pedido de cumplir medidas de seguridad básicas crean resentimientos e incluso tachan a quienes cumplen las normas de “locos”, “exagerados”, “miedosos” y más, demuestra que la racionalidad no es parte del ser humano actual o al menos de la gran mayoría.

Teniendo soluciones tan cerca, preferimos enfermarnos o enfermar a quienes más nos importan, demostrando la irracionalidad existente en el ser humano evidenciada en nuestra propia familia, demostrando una vez más que estamos condenados a la extinción y nos la merecemos.

Un camino adecuado para arreglar las distorsiones en las realidades sociales no es necesarimanete el entregar argumentos, cifras y destacar consecuencias, sino que es necesario tomar medidas centradas en crear conciencia que vengan desde personas que son admiradas y reconocidas en diferentes círculos o galaxias sociales, para que desde su posición muestren los beneficios de ser parte de la baja proporción de personas que cuidan a sus familias y seres queridos, marcando consecuencias y posiciones, construyendo una sociedad racional y solidaria, sin perder el sentido de la vida por banalidades.

Líderes familiares como padres y abuelos podrán lograr que la inteligencia y solidaridad vuelvan a ser factores diferenciales en sus propios grupos, permitiendo aplicar la disciplina sin descuidar el bien común.

¿Qué ocurrirá ante catástrofes y situaciones más extremas si no enfocamos nuestras prioridades como sociedad?.

Espero que recapacitemos y seamos seres más aptos para enfrentar emergencias mayores sin sacrificar lo esencial, cuidándo y no descuidando a nuestro entorno mientras seguimos adaptándonos a la (a)normalidad.

Juan Pablo del Alcázar Ponce

Profesor Escuela de Empresas USFQ

MBA con especialización E-Commerce & International Business, Universidad de Palermo, Argentina. Ph.D. (c) en innovación de educación superior enfocada al trabajo del futuro, Universidad de Palermo, Argentina. Consultor certificado por Harvard Business School. Especialización en finanzas corporativas, Universidad Argentina de la Empresa UADE. Programa Avanzado Marketing – Diploma Gerencia de Operaciones – Gamification certificate, Wharton, University of Pennsylvania, Estados Unidos. Gerente de Grupo Formageren y sus marcas desde 2005: Formación Gerencial, Mentinno Consulting, New Media Partners y All Funer, atendiendo a clientes como Unicef, Hyundai, Corporación Azende, Sanofi Aventis, Abbott, Banco Pichincha, entre otros. Enfocado en temas de innovación y marketing integrado con enfoque analítico y financiero. Reconocido como mejor proveedor digital de Ecuador en oficinas Google en 2016. Google Partner en Ecuador desde 2012. Profesor de maestrías en la Universidad San Francisco de Quito dentro del Business School y Escuela de Empresas USFQ.